Enjabonate con Fina

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Liberemos a nuestra piel de tantos productos químicos y regalemos le el placer de mis jabones naturales y al Medio Ambiente menos residuos toxicos

06/03/2026

Al cumplir los setenta, me detuve un momento y miré hacia atrás. Pensé: «Bueno, ya falta poco». Y entonces vino la pregunta inevitable: ¿y ahora qué hago con lo que queda? Muchas de las cosas en las que puse el corazón resultaron ser solo espejismos bonitos. Los hijos tienen sus propias vidas, con prisas, responsabilidades y un mundo que los arrastra. La salud se va deshaciendo poco a poco, como arena entre los dedos. Y el dinero… bueno, la pensión alcanza para ir tirando, pero no para vivir con holgura ni con tranquilidad. Hacernos mayores no llega con ternura. Te sacude donde más vulnerable estás: en las ilusiones que guardabas. Con los años he ido destilando algunas verdades que duelen, pero que ayudan a no engañarse. Primero: los hijos no son un antídoto contra la soledad. Uno los cría con la esperanza secreta de que, cuando llegue la hora, ellos estarán cerca, consolando, acompañando. Pero la vida los lleva por otros rumbos. Llamadas breves, mensajes espaciados, visitas que se posponen. Y uno aprende a alegrarse con poco: saber que están bien ya es un alivio. Sin embargo, el silencio de la casa no se llena con eso. Segundo: la salud no espera. Antes salía sin pensarlo dos veces, con frío o con lluvia. Ahora cada paso cuesta más, y un resfriado que antes era nada ahora se convierte en advertencia. Hay que cuidarse como si fuera el trabajo más importante, porque en realidad lo es. Tercero: confiar solo en el Estado o en promesas lejanas es un error. La pensión es un apoyo, pero frágil. Mejor tener algo propio, aunque sea modesto; eso da una libertad que nadie te quita.
De todo esto nacieron unas cuantas reglas sencillas que me ayudan a levantarme cada mañana sin sentir que me rindo: La independencia económica pesa más que el cariño filial cuando se trata de tranquilidad. Los hijos dan amor, pero el sustento lo construyes tú. Ahorrar, aunque sea poco a poco, es regalarte dignidad. Cuidar el cuerpo es lo primero. Caminar aunque sea media hora, estirarse, comer con medida, dormir lo suficiente. No es glamour, es supervivencia con gracia. La alegría no llega sola; hay que ir a buscarla. No esperar la llamada que no llega ni el gesto que no llega. Uno mismo se prepara un café rico, pone música que le gusta, lee ese libro que siempre pospuso. Disfrutar la propia compañía es un arte que se aprende tarde, pero vale la pena. No convertirse en carga ni en queja constante. He visto cómo la queja aleja a la gente. La fortaleza callada, aunque cueste, inspira respeto. Mejor sostenerse con lo que queda que derrumbarse pidiendo lástima. Dejar de vivir en el ayer. El pasado fue hermoso, a veces, pero ya no está. Quejarse de que «antes todo era mejor» solo amarga el presente. Hoy hay sol, hay un libro, hay una flor en la ventana. Eso es lo que cuenta. Al final, hacernos mayores es un territorio propio. Nadie viene a habitarlo por ti. O lo haces habitable con tus propias reglas, o te quedas esperando un rescate que no llega. Por eso, si hay algo que todavía quiero hacer, aprender a pintar, viajar aunque sea a un pueblo cercano, sentarme a ver el atardecer sin prisa, lo hago ahora. Este tiempo no vuelve. Y yo quiero que, cuando mire atrás otra vez, pueda decirme: 《Lo viví.》

22/01/2026

Si usted ya llegó a los sesenta y algo más, deje de contar las monedas y empiece a contar los momentos.
Porque mientras usted sigue ahorrando “por si acaso”, los “por si acaso” andan afilando el colmillo, esperando su cansancio para disfrutar lo que usted no se permitió.
Ya trabajó, ya crió, ya sufrió.
Ahora es su turno de mirar el amanecer con calma, de comprarse lo que siempre postergó, de tomarse el café más caro sin culpa y con sonrisa.
No se meta en negocios locos ni se deje convencer por el hijo “emprendedor” que siempre tiene una “gran idea” y ninguna factura pagada.
Y por favor: no viva con sus hijos. Visítelos, abrácelos, pero conserve su puerta y su paz.
No cargue con los problemas de nadie. Los nietos son para reír, no para criar; los hijos, para amar, no para mantener.
A esta edad, cuide su cuerpo, pero más su ánimo. No hable tanto de las enfermedades ni de las pastillas; hable de viajes, de canciones, de recuerdos bonitos.
Y si alguien le dice que “ya no sirve para nada”, sonría con elegancia… y piense que esa persona todavía no entiende lo que es llegar lejos sin deberle nada a nadie.
Ría, viva y deje que el resto se amargue por gusto.
Usted ya ganó: sigue aquí, en pie, con historia y con estilo.
Y eso es realmente un privilegio.

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