Fajas fit mty
Betty booob
05/05/2026
-Brillen 🖤
Por qué siempre habrá otro amor , otro trabajo otra ciudad, otras personas pero Nunca otra vida ♥️
Seguro que siii👊👊
05/05/2026
Salud x todo lo malo q de lo bueno nadie se acuerda 🥲😜😮💨😮💨
🍼 Fui al DIF a preguntar por una adopción y salí con el nombre de una bebé pegado al pecho. Nadie la quería porque su corazón podía detenerse cualquier noche. 🍼
La llamaban “la de la cuna cuatro”.
Ni hija.
Ni bebé.
Ni niña.
Cuna cuatro.
Así supe que nadie la esperaba.
Yo estaba sentada en un pasillo frío del juzgado familiar de Guadalajara, con una carpeta en las piernas y las manos sudadas, cuando escuché a dos enfermeras hablar bajito junto a la máquina del café.
—¿Y la nena del corazón? —preguntó una.
—Sigue ahí —respondió la otra—. Nadie la quiere. La abandonaron en el hospital y con ese diagnóstico… menos.
Sentí que algo me jaló desde adentro.
Levanté la vista.
—Perdón —dije—. ¿De qué niña hablan?
Las dos se quedaron calladas.
Me miraron como si yo hubiera abierto una puerta que no debía.
—Señora, usted viene por un trámite, ¿verdad? —dijo la más joven.
—Sí.
—Entonces siga con su trámite.
Pero yo ya no podía.
No después de escuchar “nadie la quiere”.
No después de imaginar una cuna con cables, una cobijita sin nombre, una criatura respirando sin que nadie preguntara por ella.
—Solo díganme una cosa —insistí—. ¿Está sola?
La enfermera mayor bajó los ojos.
Ahí tuve la respuesta.
Me levanté con la carpeta apretada contra el pecho.
—Quiero verla.
—No es tan sencillo.
—Nada importante lo es.
Me hicieron esperar.
Diez minutos.
Veinte.
Una trabajadora social apareció con cara cansada y una pluma mordida en la mano.
Se llamaba Patricia.
—Me dijeron que preguntó por una bebé —dijo.
—Sí.
—Tiene cinco meses. Cardiopatía congénita grave. Pronóstico reservado. No hay familia que la reclame.
Lo dijo como quien lee una lista.
Edad.
Diagnóstico.
Abandono.
Como si una vida cupiera en tres renglones.
—¿Cómo se llama?
Patricia no respondió de inmediato.
Y esa pausa me dolió más que todo.
—No tiene nombre oficial.
Tragué saliva.
—¿Cómo que no tiene nombre?
—En el hospital le dicen la bebé de la cuna cuatro.
Sentí rabia.
Una rabia quieta.
De esa que no grita porque está ocupada rompiéndote por dentro.
—Lléveme con ella.
—Señora…
—Me llamo Elena.
Patricia suspiró.
Me estudió de arriba abajo, como buscando una razón para decirme que no.
No la encontró.
Caminamos por pasillos que olían a cloro, medicina y tristeza.
Pasamos una sala de espera llena de madres con bolsas del súper, papás dormidos en sillas de plástico, abuelas rezando con rosarios apretados entre los dedos.
Yo solo escuchaba mi corazón.
Tum.
Tum.
Tum.
Como si ya estuviera contestándole a otro corazón más chiquito.
Entramos a neonatos.
El sonido de los monitores me golpeó primero.
Pip.
Pip.
Pip.
Luego la vi.
Era diminuta.
Demasiado pequeña para tener cinco meses.
Tenía una gorrita azul claro que le quedaba grande, una sonda pegada a la mejilla y una manita cerrada como si estuviera agarrando fuerzas del aire.
Me acerqué despacio.
—No toque los cables —advirtió una enfermera.
Yo asentí.
Ni siquiera respiraba bien.
Me asomé a la cuna.
Ella abrió los ojos.
Grandes.
Oscuros.
Serios.
Como si hubiera estado esperándome.
Y luego sonrió.
No una sonrisa enorme.
No de foto.
Una cosita mínima.
Apenas una línea temblorosa en su boca.
Pero me partió la vida en dos.
Antes de ella.
Después de ella.
Me tapé la boca para no hacer ruido.
—Ay, mi niña…
La enfermera se quedó mirándome.
Patricia también.
Yo no podía apartar los ojos de esa bebé.
—Se llama Luz —dije.
—Señora, legalmente todavía no…
—No me importa el papel. Se llama Luz.
Porque eso era.
Una luz chiquita en un cuarto lleno de máquinas.
Una luz que nadie quiso cargar porque tal vez se apagaba pronto.
Una luz que me miró como si yo no hubiera llegado tarde.
Ese día no firmé nada.
Pero salí del hospital distinta.
En la calle, los puestos de tortas ahogadas seguían vendiendo.
Los camiones seguían pitando.
La gente seguía caminando con prisa.
Y a mí me parecía absurdo.
¿Cómo podía el mundo seguir igual si una bebé sin nombre estaba peleando por respirar a unas cuadras?
Esa noche no dormí.
Abrí cajones.
Saqué cobijas.
Busqué una libreta nueva.
Escribí en la primera página:
“Medicinas de Luz.”
Después me quedé mirando la hoja en blanco.
Yo no sabía nada.
No sabía de dosis.
No sabía de alarmas.
No sabía de saturación de oxígeno.
No sabía cómo se carga a una bebé con cables.
No sabía cómo se ama a alguien que tal vez se va.
Pero sí sabía una cosa.
Esa niña no iba a volver a dormir como “cuna cuatro”.
Al día siguiente regresé.
Con una bolsa de ropa talla bebé, un paquete de pañales y un miedo tan grande que casi no me cabía en el cuerpo.
Patricia me vio llegar y negó despacio.
—Elena, tiene que entender en qué se está metiendo.
—Entiendo.
—No. Creo que no.
Me llevó a una oficina pequeña.
Había un ventilador haciendo ruido, una Virgen de Guadalupe en la pared y expedientes apilados como si cada carpeta pesara una vida entera.
La doctora entró después.
Doctora Salgado.
Traía la bata arrugada y los ojos de alguien que había dado demasiadas malas noticias.
Puso unos papeles sobre la mesa.
—La bebé necesita medicamentos puntuales, vigilancia constante y controles frecuentes. Puede presentar crisis en cualquier momento.
—¿Crisis de qué tipo?
La doctora juntó las manos.
—De las que no siempre dan tiempo.
Sentí que el cuarto se achicaba.
—¿Me está diciendo que puede morir?
Nadie contestó.
Y cuando nadie contesta, también contesta.
Patricia bajó la mirada.
La doctora fue más directa.
—Le estoy diciendo que, si usted decide vincularse con ella, debe saber que no podemos prometerle años. Ni meses.
Me dolió el pecho.
No como tristeza.
Como un golpe.
Pensé en irme.
Lo confieso.
Pensé en levantarme, pedir perdón y volver a mi casa, a mi cama, a mi silencio limpio.
Pensé en mi hermana diciéndome: “No te metas en eso.”
Pensé en la gente preguntando: “¿Para qué encariñarte si sabes cómo puede terminar?”
Y entonces escuché un llantito detrás de la puerta.
Chiquito.
Roto.
Pero vivo.
Me levanté sin pedir permiso.
La doctora no me detuvo.
En la sala, Luz estaba despierta.
Movía las piernas debajo de la cobija y hacía un puchero furioso, como si el mundo le debiera una explicación.
—Aquí estoy —le dije.
Apenas escuchó mi voz, se calmó.
La enfermera me miró sorprendida.
—Desde anoche está inquieta.
Me acerqué.
—Es que le prometí volver.
Me dejaron sentarme junto a ella.
Me enseñaron a sostenerla con cuidado.
Cuando por fin la pusieron en mis brazos, pesaba casi nada.
Pero me cambió el eje del cuerpo.
La pegué a mi pecho.
Su respiración era irregular.
Calientita.
Frágil.
Perfecta.
—Hola, Luz —susurré—. Soy Elena.
Ella abrió los ojos.
Yo empecé a llorar sin vergüenza.
—No sé cantar bonito —le dije—. Te aviso de una vez.
La enfermera sonrió poquito.
—A los bebés no les importa.
—A esta sí. Tiene cara de exigente.
Luz movió la boca.
Yo decidí que era una queja.
Le canté una cumbia bajito, desafinada, de esas que uno escucha en las fiestas familiares cuando ya se enfrió el pozole.
Y ella, contra todo pronóstico, se quedó tranquila.
Como si mi desastre musical le pareciera suficiente.
Esa tarde llamé a mi hermana.
—Voy a iniciar el proceso —le dije.
Hubo silencio.
Después su voz salió dura.
—Elena, por favor dime que no estás hablando de la bebé enferma.
—Se llama Luz.
—No hagas esto.
—Ya lo estoy haciendo.
—¿Y si se muere?
Cerré los ojos.
Miré a la bebé dormida en la cuna.
—Entonces no se muere sola.
Mi hermana empezó a llorar.
Yo también.
Pero no cambié de opinión.
Los días siguientes fueron papeles, entrevistas, llamadas, revisiones, firmas, copias del INE, comprobantes, visitas a mi departamento y preguntas que parecían diseñadas para romperme.
“¿Cuenta con red de apoyo?”
“¿Tiene estabilidad económica?”
“¿Comprende que no se trata de salvar a nadie, sino de responsabilizarse de una vida?”
Yo contestaba todo.
A veces fuerte.
A veces temblando.
A veces salía al baño a respirar y volvía con los ojos rojos.
Una mañana, Patricia me encontró sentada afuera de neonatos con una bolsa de pañales en las piernas.
—Hay una posibilidad de custodia temporal —me dijo.
Sentí que el mundo se detuvo.
—¿Cuándo?
—Pronto. Pero antes necesito que firme algo.
Me llevó otra vez a la oficina.
La doctora Salgado estaba ahí.
También un abogado del juzgado.
Sobre la mesa había una carpeta amarilla.
Mi nombre escrito al frente.
Y debajo, con pluma negra:
“Menor: Luz. Estado: delicado.”
Patricia me acercó la pluma.
—Elena, si firma, entiende que puede llevarla a casa… pero también entiende que quizá la esté llevando para despedirse.
Me quedé mirando la firma.
La mano me temblaba.
Entonces, desde el pasillo, una enfermera gritó mi nombre.
—¡Elena! ¡Venga rápido! ¡Luz la está buscando y el monitor empezó a sonar!
Cómo dice la canción t sigo y me sigues 👀
21/04/2026
Saludos mi gente que tenga bonita noche
Quiero dar un saludo muy especial a los principales emisores de estrellas. ¡Gracias por su apoyo!
Alberto Navarrete, Rocio Ortiz Rios
Me faltan 98 💫 apoyenmeee
2da parte—…te tardaste —dijo, pero su voz ya no sonaba como en el OXXO. Sonaba tensa… y alerta.
Empujó la puerta lo suficiente para que yo pudiera pasar rápido. Apenas crucé, la cerró con seguro.
Y entonces lo vi todo.
No era una casa normal.
Las ventanas estaban cubiertas con cobijas. Había radios viejos sobre una mesa, mapas pegados en la pared y tres personas más dentro: un señor mayor con barba, una mujer joven con cara de pocos amigos y un muchacho que no dejaba de mirar hacia la ventana como si esperara ver a alguien llegar.
—¿Qué es esto? —pregunté, sintiendo cómo el corazón me latía en la garganta.
Iván me tomó del brazo.
—Necesito que me escuches sin interrumpir —dijo—. No tenemos mucho tiempo.
—¡Ocho años, Iván! —le solté—. Ocho años pensando que estabas mu**to. Mamá…
Se le quebró la cara al escuchar eso.
—Lo sé —susurró—. Y lo siento. Todos los días.
Hubo un silencio pesado. De esos que no caben en el cuerpo.
—Entonces explícame —le exigí—. ¿Por qué fingiste tu muerte? ¿Y por qué… por qué papá no puede saber que estás vivo?
Iván miró a las otras personas en la habitación. El señor de barba asintió apenas, como dándole permiso.
Fue ahí cuando entendí que esto era más grande de lo que yo pensaba.
—No fingí nada —dijo finalmente—. Ese accidente fue real… pero yo no era el que iba manejando.
Sentí que el piso se me movía.
—¿Entonces quién…?
—Alguien que no debía morir —intervino la mujer—. Pero murió por lo que tu papá hizo.
La miré sin entender.
—¿Mi papá? ¿De qué están hablando?
Iván pasó una mano por su cara, nervioso.
—Papá no es quien crees que es.
Esa frase me heló más que cualquier otra cosa.
—Trabajaba con gente peligrosa —continuó—. Gente que mueve cosas… dinero… personas. Yo me enteré por accidente. Escuché una llamada, vi documentos. Cuando lo confronté esa noche… —tragó saliva— me dijo que me olvidara de todo. Que no me metiera.
Recordé la pelea. Los gritos. El tono de amenaza.
—Pero no te olvidaste —dije.
—No —respondió—. Y eso me costó todo.
El muchacho que vigilaba la ventana habló por primera vez:
—Nos están buscando desde entonces.
—¿Quiénes? —pregunté.
—Los mismos con los que trabajaba tu papá —respondió Iván—. Y ahora… él también.
Sentí un n**o en el estómago.
—No puede ser… papá no…
—Papá ayudó a encubrir ese accidente —me interrumpió—. Cerró el ataúd porque sabía que no era yo. Usó mis cosas para hacerlo creíble.
Me quedé sin aire.
Todo empezó a encajar de golpe: la prisa, el ataúd cerrado, su frialdad, su ausencia en el panteón.
—Entonces… ¿te escondiste?
—Me ayudaron —dijo, señalando a los otros—. Gente que también quiso salirse… o que perdió a alguien por culpa de ellos.
La mujer me miró directo.
—Tu hermano iba a denunciar todo.
Iván bajó la mirada.
—Pero no pude —dijo—. Porque antes de hacerlo… papá ya había hablado.
El silencio que siguió fue insoportable.
—¿Y mamá? —pregunté, casi en un susurro.
Iván levantó la vista, y por primera vez desde que llegué, se veía realmente asustado.
—Por eso te hice venir —dijo—. Papá sospecha que alguien está moviendo el pasado. Si descubre que estoy vivo… va a pensar que mamá sabe algo.
—Pero ella no sabe nada…
—Para él, eso no importa.
Sentí que me temblaban las manos.
—¿Qué quieres que haga?
Iván dudó un segundo.
—Que la saques de la casa mañana mismo.
—¿Qué?
—Llévatela con cualquier pretexto. A donde sea. Pero lejos de él.
El señor de barba agregó:
—Tenemos poco tiempo antes de que él también empiece a sospechar de ti.
Mi mente iba a mil.
—¿Y tú? —le pregunté a Iván—. ¿Qué vas a hacer?
Él me sostuvo la mirada.
—Terminar lo que empecé hace ocho años.
Un golpe seco en la puerta nos hizo brincar a todos.
Nadie respiró.
El muchacho corrió a apagar la luz principal.
Otro golpe.
Más fuerte.
Y entonces… una voz desde afuera.
Grave.
Familiar.
—Sé que estás ahí, Iván.
Se me congeló la sangre.
Era mi papá. 😨
16/04/2026
🤦 a darleeeeeeee
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