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20/07/2026

La trampa del individualismo
Abel Pérez Zamorano

Se entiende por individualismo “Toda doctrina moral o política que reconozca al individuo humano un valor predominante de finalidad respecto de las comunidades de que forma parte. El extremo de esta doctrina es, obviamente, la tesis que postula que el individuo tiene valor infinito y la comunidad valor nulo (…) es el fundamento teórico del liberalismo en su primera aparición en el mundo moderno” (Nicola Abbagnano, Diccionario de Filosofía). Históricamente, la reivindicación absoluta del individuo aislado se vio fortalecida por el capitalismo, que lo pondera y lo opone a la colectividad en términos irreconciliables.

Pero contra todas esas pretensiones, no somos individuos aislados, self-made men (hombres que se hacen a sí mismos). Desde sus orígenes, la especie humana surgió haciendo vida gregaria, por estricta sobrevivencia frente a los depredadores y para obtener alimento. Al dejar la vida arborícola, el hombre sólo podía sobrevivir en estrecha colaboración con la comunidad. Con el esclavismo inició el largo proceso de disolución de la comunidad primitiva. En la antigüedad, los esclavos, la inmensa mayoría de los habitantes, no existían como personas. Eran masa anónima. Tiempo después, la ideología medieval europea reducía también al hombre a nada, a polvo, frente a las potencias divinas.

Las raíces del individualismo son económicas, y fue el capitalismo el ambiente social que le dio mayor impulso. En la Reforma protestante –avanzada intelectual del capitalismo– destacó Juan Calvino (1509-1564), quien argumentó en favor del naciente sistema que el enriquecimiento individual es muestra de gracia divina. Es la así llamada “teología de la prosperidad”. Por su parte, Adam Smith concibe al individuo egoísta como el motor de la vida económica; en busca siempre de maximizar la ganancia y el consumo personales, paradójicamente, genera bienestar social, dice.

El capitalismo se basa en la propiedad privada, que es “exclusiva”; es decir, la propiedad de una persona sobre un bien excluye a otros. Más específicamente, la raíz económica capitalista del individualismo es la competencia, que enfrenta a los propietarios en una feroz guerra de todos contra todos por los mercados. Cada vendedor busca para sí la preferencia de todos los compradores. En una palabra, el monopolio es el paraíso de todo capitalista: un mercado sólo suyo, sin competidores, a quienes se enfrenta y busca imponer límites o, de ser posible, destruirlos. Allí, el éxito de uno entraña el fracaso del otro. Asimismo, en la relación entre capital y trabajo, si la plusvalía aumenta, el salario baja, y viceversa.

Desde sus profundas raíces económicas, el individualismo derivó en filosofía y principio moral dominante. Así se ve en el superhombre de Nietzsche, donde el individuo es elevado por encima de la masa, concebida a su vez como atrasada, ignorante e incorregible. Desde la perspectiva nietzscheana, el hombre alcanza la excelsitud alejándose de “la muchedumbre”. Ya en nuestra época, Margaret Thatcher, primera ministra británica, en declaraciones a la revista Woman’s Own (31 de octubre de 1987), se cuestionaba: pero ¿quién es la sociedad? Y respondía: no existe tal cosa. Hay hombres y mujeres individuales y hay familias y ningún gobierno puede hacer algo si no es a través de las personas, y las personas primero tienen que luchar por sí mismas. ¡La sociedad no existe!

Esta misma filosofía inspira la enseñanza tradicional de la historia, donde se realza como motor de los grandes acontecimientos la acción sola de personajes insignes, superiores por alguna extraña razón al común de la gente. Como mesías políticos o lobos solitarios, ellos hacen los grandes cambios sociales, donde las masas actúan a lo sumo como comparsas. No desempeñan el papel protagónico.

Contra toda esta ideología de ensalzamiento del individuo, en la vida real el hombre aislado de la sociedad es inconcebible, incluidas las cualidades y características que lo hacen humano, pues es un ser social. Algo tan obvio: hablar es un acto social. Nadie aprende a hablar si no escucha a otros, ni elige el idioma que habla: se lo transmite la colectividad en la que nace. El gusto musical y la cultura gastronómica están socialmente determinados. Preferimos y comemos lo que come nuestro pueblo. Y así sucesivamente.

La idea del hombre que se crea a sí mismo es falsa, y tramposa, pues admitida como premisa, nos lleva a concluir, consecuentemente, que él merece toda la recompensa por sus logros, que son, por definición, obra exclusivamente suya, y en los que nadie más lleva mérito. Su falsedad es evidente. Por ejemplo, en los centros educativos, los niños y jóvenes, sin menoscabo de su esfuerzo personal, no se educan solos: son los profesores, las escuelas y el pueblo con sus impuestos, quienes lo hacen. Además, toda la cultura recibida es fruto del esfuerzo y la creatividad de todas las generaciones pasadas. Igualmente, es la sociedad la que cura a los enfermos; es difícil curarse a sí mismo, aisladamente. De ahí que el individuo que se separa del colectivo no sólo no se fortalece: se debilita, pues pierde la formación, la energía, el apoyo que le brinda la comunidad. Y a la inversa, su fuerza será siempre mayor en medio de la colectividad, arropado por ella.

Y de aquí se infiere una conclusión fundamental: que es gran despropósito ofrecer o buscar soluciones individuales a los grandes problemas sociales; como pretender que cada cual resuelva el problema de la inseguridad nacional, la crisis del sistema de salud, el atraso educativo. Sólo la acción social organizada en grande puede enfrentarlos.

Finalmente, en la exaltación del individuo y la campaña contra lo colectivo también actúa el poder. Existe una política de Estado orientada a disolver las organizaciones sociales. En el neoliberalismo, el gran capital las combate, por ejemplo, aplicando una política antisindical sistemática. Al respecto, el investigador Jesús Rubio, de El Colegio de la Frontera Norte, en su artículo Sindicalización y precariedad laboral en México (2017), señala: “Los datos más recientes muestran que la tasa de sindicalización sigue con esta tendencia a la baja a escala nacional, desde los años ochenta”. Más adelante, agrega: “Si bien es cierto que desde hace cuatro décadas la densidad sindical en México va en declive, se demuestra que los trabajadores sindicalizados son menos precarios que sus contrapartes”. Este simple hecho revela el poder que tiene, o puede tener, la acción colectiva (así sea en su forma más elemental, como el sindicato) en defensa de los intereses de los trabajadores, comparada con la indefensión del individuo aislado frente a sus patronos.

Finalmente, y como contexto más general, desde el advenimiento de la propiedad privada, la sociedad ha vivido inmersa en una lucha entre clases sociales: grandes conglomerados humanos determinados por un vínculo común frente a la propiedad sobre los medios de producción y frente a la forma y el monto de apropiación de la riqueza. Nadie puede sustraerse a este conflicto. Todos formamos parte de una clase social, sepámoslo o no; querámoslo o no. Y frente a la acumulación de la riqueza por una élite capitalista, es indispensable estructurar la lucha de los trabajadores en un partido que los coordine y dirija su acción hacia la toma del poder político. Ésta debe ser la forma suprema de acción social organizada, única vía de liberación de las grandes masas desposeídas. Deben liberarse del espejismo, salir de la trampa individualista y abandonar toda esperanza de que la acción individual aislada resuelva los problemas de los trabajadores, tesis que, además, choca con la realidad económica.

La producción es cada vez más social y menos un acto individual. Es obra de ejércitos de trabajadores coordinados. Aun el campesino más aislado depende de otros que le proveen herramientas, fertilizantes, etc. En general, cada ser humano está socialmente determinado y vitalmente integrado en la sociedad, de la cual recibe todo.

Por consecuencia, el crecimiento e incluso el éxito del individuo habrá de alcanzarse no en contra del colectivo o por encima de él, sino junto con él, dentro de él, en la defensa de la propia clase. Sólo la colectividad ofrece al hombre las fuerzas necesarias para enfrentar las dificultades de la vida, impulsarlo y dotarle de conocimientos y habilidades. No debe haber una contraposición entre individuo y sociedad, menos entre él y su clase, sino una relación armónica donde la persona trabaje por el bien común, y que de este último redunden el bienestar y el desarrollo individual.

17/07/2026
13/07/2026

En la historia de México, los ricos controlan el poder
Por Abel Pérez Zamorano

Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político. La conquista, que en estos días glorifican aquí mismo los ultraderechistas españoles y mexicanos, constituyó una inmensa tragedia que ha trascendido los siglos, hasta los días que corren. La más alta civilización entonces existente en América fue arrasada; sus recursos naturales, como la plata y el oro, saqueados; la población indígena fue casi exterminada por sobreexplotación, hambre y enfermedades desconocidas aquí: estudios serios revelan que a finales de la colonia quedaba menos del 10 por ciento de la población nativa existente cuando la conquista. México fue sometido al yugo colonial español durante tres siglos; desde el inicio se impuso a los indígenas el régimen de la encomienda, brutal sistema de esclavitud disfrazada; se les arrebataron sus tierras, se ultrajó a sus familias y se les sometió al bárbaro régimen semifeudal terrateniente traído de España.

Contra esta situación estalló la guerra de Independencia, encabezada principalmente por don Miguel Hidalgo y don José María Morelos. Ambos próceres buscaban crear una república y “echar fuera a los gachupines”, como habían llegado, sin llevarse sus riquezas mal habidas. Los “Sentimientos de la Nación”, leídos en el Congreso de Chilpancingo en 1814, sintetizaron el pensamiento político de Morelos; por ejemplo, “Que la soberanía dimana inmediatamente del Pueblo, el que sólo quiere depositarla en sus representantes dividiendo los poderes de ella en Legislativo, Ejecutivo y Judiciario [ni rastro de monarquía, APZ] (…) Que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales”. Hidalgo proponía (documento emitido en Guadalajara) restituir las tierras arrebatadas a las comunidades indígenas; ello implicaba la supresión de los latifundios.

Lamentablemente estos proyectos, justicieros y progresistas, no se materializaron, porque ambos caudillos fueron pronto asesinados: Hidalgo en julio de 1811, en Chihuahua (a diez meses de iniciada la guerra); y Morelos en diciembre de 1815, en Ecatepec. A la postre terminó imponiéndose el imperio de Agustín de Iturbide, que duró escasos ocho meses, entre 1822 y 1823.

Iturbide, de padre español peninsular, pertenecía a una rica familia de comerciantes y terratenientes de Valladolid (Morelia). Fue un destacado oficial del ejército realista y un feroz enemigo de los insurgentes: le apodaban el “Dragón de Hierro”. En 1814 derrotó a Morelos en Puruarán, Michoacán, donde también aprehendió y luego fusiló a don Mariano Matamoros, brazo derecho del generalísimo. En 1820, en hábil maniobra, el futuro emperador –seguramente de acuerdo con españoles poderosos–, de la noche a la mañana se volvió “partidario de la independencia”; proclamó junto con Vicente Guerrero el Plan de Iguala y terminó apoderándose de la victoria. Con la independencia, bastante relativa y acotada en los Tratados de Córdoba, triunfaron, pues, los ricos, mientras los pobres siguieron padeciendo como siempre, víctimas de los viejos y nuevos terratenientes.

Al caer Iturbide, éstos conservaron el control, que asumió años después otro rico terrateniente: el veracruzano Antonio López de Santa Anna, quien gobernó México en 11 ocasiones, de manera intermitente, desde 1833 hasta 1855, año en que fue derrocado por la revolución de Ayutla. Pero en este movimiento rebelde no fueron los indígenas, los pobres, quienes tomaron el poder, sino los hombres de la Reforma, pioneros del desarrollo capitalista; por ejemplo, buscaban eliminar los latifundios, laicos y eclesiásticos (base de la estructura terrateniente semifeudal), e incorporar la tierra al mercado; una política indudablemente revolucionaria en su momento, pero de corte capitalista y que entonces no prosperó.

Los terratenientes resistieron, lanzaron la guerra de Reforma y trajeron a Maximiliano; pero el latifundio cobró luego renovadas fuerzas, y durante el Porfiriato alcanzó su apogeo; ejemplo de ello fueron las haciendas de Luis Terrazas en Chihuahua, acaudalado terrateniente y político poderoso, cuyas propiedades llegaron a abarcar 2.3 millones de hectáreas. En general, menos del uno por ciento de las familias de finales del Siglo XIX y principios del XX poseían el 85 por ciento de las tierras cultivables. Con ellos gobernó Porfirio Díaz. Eran su base económica y su soporte político. Y sobre esa base se erigió un infame régimen de explotación de los campesinos (la población rural representaba más del 75 por ciento del total), que vivían como peones acasillados en las haciendas.

Contra ese orden terrateniente y luego de progreso capitalista se alzó la Revolución Mexicana de 1910, encabezada por la clase burguesa, con Madero, Obregón y Carranza como líderes más distinguidos. Los campesinos pusieron su sangre para derrocar al régimen. La toma de Ciudad Juárez, encabezada principalmente por Francisco Villa, junto con Pascual Orozco, precipitó la renuncia de Díaz; y la toma de Zacatecas, dirigida por los generales Villa y Ángeles, fue la estocada final a la dictadura de Victoriano Huerta, retoño del porfirismo y criatura del imperialismo norteamericano.

Sin embargo, en 1911, siendo ya presidente, Madero se negó a devolver las tierras a las comunidades, como había prometido a Zapata y a los campesinos del estado de Morelos; éstos desconocieron al gobierno, lanzaron el Plan de Ayala y reiniciaron la lucha armada. Habían sido burlados, una vez más, con falsas promesas. Finalmente, los líderes populares, artífices del triunfo revolucionario, fueron asesinados por el gobierno capitalista: Zapata y Ángeles, en 1919; y Villa, en 1923. Quedó así descabezado el pueblo trabajador y, ¡nuevamente!, el poder en manos de los ricos. Y el pueblo, siempre utilizado y marginado, quedó a la espera, recibiendo promesas, engaños y migajas tranquilizantes, como hasta hoy.

A más de cien años del triunfo de la Revolución Mexicana, México sigue económicamente dominado y políticamente gobernado por la clase rica. Ahora el poder tras el trono lo detentan las poderosas empresas trasnacionales, los monopolios del imperialismo, y también magnates mexicanos que concentran la riqueza, y en grande. Según Oxfam, la fortuna de los 22 milmillonarios mexicanos se multiplicó por 4.2 veces en los últimos treinta años; y agrega que el uno por ciento más rico percibe el 35 por ciento del ingreso y controla 40 por ciento de la riqueza. Esta tendencia acelerada lleva décadas y continúa hoy en un régimen donde pretendidamente los pobres son primero. Pero la realidad de los más humildes sigue siendo la de siempre: pobreza y necesidad en todas sus formas y grados.

Como vemos en esta apretada reseña de las luchas de clases en México, el pueblo ha sido siempre utilizado y marginado, invariablemente condenado a servir a los ricos en la paz como en la guerra. Y la causa es que ha ido siempre a la zaga de las clases acomodadas, sirviendo como carne de cañón, sin constituirse en fuerza independiente, libre de ataduras. La clase trabajadora ha carecido de un partido propio con un claro proyecto de país, suficientemente educado, organizado y disciplinado, capaz de encabezar a las grandes masas para tomar el poder y formar un gobierno estable y fuerte; capaz también de hacerse respetar y de imponer respeto a la soberanía nacional, y de orientar la política económica (impuestos, gasto público, etc.) en favor de quienes se ganan la vida con su trabajo, sin explotar a otros.

Pues bien, el Movimiento Antorchista Nacional ha surgido para construir esa organización que agrupe a todos los explotados que deseen luchar por el verdadero progreso de México y el bienestar del pueblo. Es momento de terminar esta ignominiosa historia de control por los ricos y de abrir paso a una nueva época donde gobierne el pueblo en interés del pueblo. Lograrlo es posible; es cosa de poner manos a la obra.

06/07/2026

Latinoamérica, el ascenso de la ultraderecha
Por Abel Pérez Zamorano

En días recientes, Abelardo de la Espriella, rico empresario colombiano (y con nacionalidad italiana y estadounidense), candidato de la ultraderecha, ganó las elecciones presidenciales y, para dejar clara su orientación política, declaró enfáticamente: “Colombia restaurará su relación con el Estado de Israel como nunca antes. Benjamín Netanyahu le felicitó entusiastamente y Donald Trump dijo que él lo había puesto en la presidencia, mejor dicho, impuesto. Es éste un serio descalabro para el proyecto político del presidente Gustavo Petro, ubicado en “la izquierda”.

También esta semana, en Perú, Keiko Fujimori, otra ultraderechista (en otras palabras, representante de la clase capitalista y del imperialismo) derrotó al candidato de izquierda. Perú fue gobernado durante los años noventa por Alberto Fujimori, y después de un periodo de inestabilidad política gobernó Pedro Castillo (2021-2022), distinguido como izquierdista: fue derrocado con maniobras legales de la derecha y hoy está en la cárcel.

Pero éstos no son hechos aislados. Forman parte de una tendencia que se extiende por Latinoamérica en los años recientes, con derrotas de la izquierda y retorno de la derecha en un movimiento pendular. Permítaseme una breve relatoría de casos destacados, además de los antes referidos. En Argentina, entre 2003 y 2015 gobernaron Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, del Partido Justicialista; en 2015 los derrotó el rico empresario Mauricio Macri; en 2019 volvió el justicialismo, con Alberto Fernández, y terminó derrotado en 2023 por el fascista Javier Milei, respaldado por Estados Unidos (EE. UU.), y que hoy tiene bajo arresto domiciliario a Cristina Fernández. Milei es un fanático sionista. El 10 de marzo, durante una visita a Israel, declaró: “Soy el presidente más sionista del mundo”.

En Chile, desde 2006, gobernó por dos periodos Michelle Bachelet, del Partido Socialista; Gabriel Boric (2022–2026) surgió también de la izquierda, y en este año perdió las elecciones frente a José Antonio Kast, de comprobada ascendencia n**i. En Honduras gobernó Manuel Zelaya (2006-2009), de izquierda, a quien derrocaron con un golpe de Estado suave; recientemente gobernó Xiomara Castro, su esposa (2022-2026); su partido fue derrotado hace unos meses por el derechista Nasry Asfura Zablah, quien tenía baja aceptación en las encuestas, pero descaradamente Donald Trump dijo que lo haría presidente, y lo hizo.

En Brasil, después de los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff (del PT) subió Jair Bolsonaro, hoy Lula gobierna nuevamente, pero las encuestas conceden ventaja a Flávio Bolsonaro (hijo del expresidente) para las presidenciales del año próximo. En Uruguay, José Mujica y Tabaré Vázquez (2010-2020), ambos del Frente Amplio, fueron derrotados en 2020 por el neoliberal Luis Alberto Lacalle; actualmente gobierna de nuevo el Frente Amplio. Como vemos, es el tormento de Sísifo. En este contexto, dos revoluciones resisten heroicamente: la cubana y la nicaragüense, que tuvieron un origen precisamente revolucionario, de donde deriva su firmeza.

Tras el retroceso de las izquierdas está sin duda la mano de Estados Unidos, que descaradamente ha desenterrado la doctrina Monroe. En cínico desprecio a la soberanía de las naciones, Trump ha intervenido (incluso militarmente, como en Venezuela) para derrocar presidentes e imponer a sus peones. El imperio se ve presionado a retomar el control de la región debido a su creciente pérdida de presencia en el resto del mundo frente al vigoroso avance de China, Rusia y los BRICS; se debilita, asimismo, en Ucrania, África y hoy en Medio Oriente frente a la resistencia de Irán. Ante ello, ha debido replegarse y atrincherarse en Latinoamérica, su zona de influencia más inmediata.

Pero ésta no es razón suficiente para explicar lo aquí comentado. Con todo respeto y admiración hacia los luchadores sociales de buena fe, sinceros y enérgicos defensores del pueblo, y a los miles de mártires caídos en las luchas sociales, muchos de ellos desconocidos, debo decir que las propias izquierdas, principalmente sus mandos, llevan responsabilidad en lo que hoy ocurre. Concretamente, a mi entender, en tres sentidos. Primero, no han adoptado una política genuinamente popular, resuelta y firme. En la contradicción entre el gran capital y el pueblo han buscado evitar el conflicto; esto, obviamente, con notables diferencias en cada caso; en algunos ha habido intentos un poco más serios de reivindicar los intereses populares. Con esta política se han alejado del pueblo y han generado desencanto en él.

Segundo, no han educado ni organizado a las masas populares en las que deberían apoyarse. Tercero, y como causa de lo anterior, varias de esas izquierdas que, con honrosas excepciones, se cuidan mucho de molestar a los grandes corporativos imperialistas, no han formado en cada país un partido político disciplinado, ideológicamente cohesionado. Blasonan de plurales, diversas, etc., y rechazan la unidad ideológica, considerándola “antidemocrática”, perdiendo así la unidad orgánica y la unidad de acción. Hablar de Lenin es mencionar al mismísimo diablo. Es “dictadura”. Son “izquierdistas”, pero antileninistas, y en el pecado les va la penitencia, pues es sabido que sin las masas organizadas es inconcebible un cambio social profundo, y sin un partido que las encabece, organice, discipline y eduque, no puede haber masas organizadas en acción con un objetivo político y económico claro, con proyecto de nación socialista.

Y en su propia concepción han llevado el castigo: la fractura interna. En Ecuador, gobernó con el sello de la izquierda Rafael Correa (2007-2017); fue sucedido por su discípulo Lenín Moreno, quien nada más llegando a la presidencia se alió con los neoliberales y empezó a atacar a su mentor, al grado que éste debió huir del país. Esto abrió paso al triunfo de Daniel Noboa en 2023, connotado ultraderechista, abiertamente proyanqui. En Bolivia también se fracturó el Movimiento al Socialismo, de donde habían surgido los gobiernos de Evo Morales (2006-2019), derrocado por un golpe suave y hoy perseguido por la justicia, y después el de su correligionario Luis Arce (2020-2025). La confrontación entre ambos abrió paso el año pasado al triunfo del actual presidente Rodrigo Paz, destacado aliado de EE. UU.

Así, la izquierda se ha desdibujado y extraviado, viéndose reducida a una vaguedad, perdiendo expectativas de un triunfo definitivo y sólido capaz de lograr un cambio estructural, precisamente lo que no se ha atrevido a hacer, prefiriendo nadar entre dos aguas; la inviable política de quedar bien con Dios y con el diablo.

Y aunque sólo sea instintivamente, el pueblo percibe cuando sus líderes no se comprometen seriamente con él y termina prestando oídos al discurso de la derecha, siempre al acecho, en espera de su oportunidad. La moraleja de esta historia vale para Morena aquí en México, toda vez que también se autodefine de izquierda. Peligrosamente, todo indica que está deslizándose por la misma pendiente, desatendiendo las necesidades de las masas populares que claman por soluciones urgentes y efectivas a sus graves y añejas carencias. De continuar esta tendencia, crece el peligro de que la ultraderecha acaso logre tomar el poder, así sea paulatinamente. Morena habrá sido responsable de ello.

Pero no nos olvidemos de la dialéctica ni veamos los hechos como algo fatal. Las derrotas aquí referidas son episódicas. Exhiben, sí, la incapacidad de la izquierda tradicional para encabezar la lucha de las grandes masas empobrecidas. Pero la dolorosa situación de las naciones latinoamericanas no sólo no se resuelve: se agrava. Pobreza, hambre, explotación, injusticia social, mala salud, atraso educativo, aquejan a nuestros pueblos; la desigualdad crece en la medida en que la riqueza se acumula en manos de unos cuantos potentados y de las trasnacionales depredadoras. Nada de esto se ha resuelto por las izquierdas, y menos por los oligarcas que hoy se regodean con sus efímeras victorias.

La situación social latinoamericana exige un cambio estructural definitivo, un cambio de clase social en el poder, tanto en el control del Estado como en el de la riqueza social. Exige la creación de partidos políticos auténticamente dispuestos a dar la lucha por el poder para el pueblo y cortar las uñas a las trasnacionales imperialistas. La verdadera y definitiva transformación de Latinoamérica está por hacerse, y se hará. Los pueblos sabrán abrirse paso y reivindicar sus derechos. Que el imperialismo y sus paniaguados no canten victoria.

03/07/2026
29/06/2026

El fascismo, arma político-ideológica del imperialismo
Por Abel Pérez Zamorano

Desde su origen, el n**ismo fue la expresión más agresiva del imperialismo, en este caso específicamente del alemán, que venía despegando y consolidándose desde 1871, con la unificación de Alemania. El partido n**i, aunque con otro nombre, había sido fundado en 1919, y para 1921 Hi**er era ya su líder. Después de algunos meses en la cárcel, lanzó su campaña en busca del poder, contando con el firme apoyo del gran empresariado, inicialmente escéptico. El 27 de enero de 1932 significó un hito en esta relación que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial. En esa fecha, el empresario de la industria siderúrgica Fritz Thyssen organizó una reunión en el Club Industrial de Düsseldorf ante 650 magnates para pedir su apoyo al partido n**i, convenciéndolos de que sólo éste podría acabar con el comunismo.

En su discurso ante el Industrieclub, Hi**er explicó que para recuperar la economía alemana en crisis y conseguir el necesario “espacio vital” (Lebensraum) para su expansión, había que acabar con el comunismo soviético y tomar el territorio ruso. Sin tapujos vendió a los empresarios su rabioso discurso anticomunista para convencerlos, y lo consiguió. El comunismo, dijo en aquella ocasión, representa el caos; el n**ismo, el orden. Calificó al bolchevismo como “fuerza destructiva”, “régimen brutal” (¡Hi**er hablando de brutalidad!), apto sólo para “pueblos inferiores”, con bajo nivel cultural. Indudablemente, el eje central del n**ismo estaba trazado: su rabioso y fanático anticomunismo. Y, consecuentemente, en la guerra dejó caer lo principal de su fuerza militar sobre la Unión Soviética.

Pero la reunión de Düsseldorf fue sólo la consagración de la alianza. El proceso venía ya de antes. Como dice Antonio Ramos-Oliveira en su obra: en septiembre de 1930, “El nacionalsocialismo había ido a las elecciones con abundancia de fondos. La gran industria se mostró generosa con los n**is. Hi**er, que hasta entonces sólo contó con la subvención de Thyssen, había comenzado a recibir en la etapa de gobierno socialdemócrata (durante la República de Weimar, APZ) considerables sumas de toda la industria pesada” (Antonio Ramos-Oliveira, Historia social y política de Alemania, Fondo de Cultura Económica, Vol. 2, Pág. 41).

Y Hi**er supo corresponder: el apoyo a los empresarios fue total e inmediato. A seis meses de ser nombrado canciller el 30 de enero de 1933, la emprendió contra la clase obrera: “Disueltos los sindicatos obreros, abolida la legislación social, reducidos los salarios, los capitalistas vivían ahora en cierto modo en el mundo con que habían soñado. El obrero estaba a merced de las empresas, privado del derecho de huelga, sin tarifas fijas de jornales, sin límite de jornada (…) el 14 de marzo de 1933 había entrado en vigor una ley por la cual se encomendaba la dirección de toda la vida industrial de Alemania a doce capitanes de la industria pesada, entre ellos Krupp von Bohlen, Blohm, Röchlin, Enrich Hartkpol, Bruno Schüler y Alberto Vögler…” (Págs. 80-83).

Era, pues, la absoluta pérdida de derechos de los obreros, sometidos al nuevo régimen, y el poder absoluto de los grandes empresarios: “… las rebajas salariales se presentaron enseguida (…) en el primer año del régimen nacionalsocialista disminuyeron los jornales un 20 por ciento, los beneficios de los capitalistas aumentaron en un 100 por ciento (…) Krupp estaba fabricando ya material de guerra y podía ofrecer las cifras citadas (de ganancias) porque había rebajado los salarios, segundo, porque el Estado le pagaba el material de guerra a precios excepcionalmente altos, y tercero, porque había recibido fuertes subvenciones (Alfred Krupp von Bohlen pertenecía al partido nacionalsocialista desde hacía varios años)” (Ramos-Oliveira, Págs. 83-85).

Mucha evidencia se ha acumulado sobre la relación orgánica entre el n**ismo y el imperialismo alemán. Resumen Latinoamericano publicó, el 11 de mayo de 2025: “Una de las páginas menos conocidas de la historia del n**ismo es su estrecha relación con la élite empresarial alemana. Durante los años 1930, grandes conglomerados industriales como Krupp, Thyssen, IG Farben y Siemens no sólo financiaron la llegada de Hi**er al poder, sino que también se beneficiaron (…) estas empresas no sólo sobrevivieron a la derrota del Reich, sino que se convirtieron en pilares del ‘milagro económico’ alemán de la posguerra”. Así se explica en buena medida la pronta recuperación de Alemania.

Otras fuentes detallan al respecto. La Izquierda Diario, de la Red Internacional, publica el 24 de mayo de 2021 un artículo firmado por Darío Brenman donde expone: “Kodak, Bayer, CocaCola, Nestlé, IBM, BMW, Adidas, Volkswagen entre otras, financiaron y apoyaron al régimen n**i antes y durante la Segunda Guerra Mundial con la complicidad de los países aliados”. Se destaca el caso de Henry Ford: “Los relevamientos históricos dan cuenta de la gran estima que se tenían Ford y Hi**er. La relación era tan profunda que en 1938 se le regaló al magnate americano la Gran Cruz del Águila de ese país, la condecoración más alta que un extranjero podía recibir del régimen n**i”. Operan, pues, como piezas de un mismo engranaje.

Basado en un ensayo de David de Jong, reportero de Bloomberg y autor del libro N**i Billionaires: The Dark History of Germany’s Wealthiest Dynasties, (nytimes.com, 20 de abril de 2022), nos dice: “Ferdinand Porsche convenció a Hi**er de poner en marcha las operaciones de Volkswagen. Su hijo, Ferry Porsche, quien hizo crecer a la empresa, se ofreció voluntariamente como oficial de las SS. Herbert Quandt, quien convirtió a BMW en lo que es hoy, cometió crímenes de guerra. También Friedrich Flick, quien llegó a liderar Daimler-Benz. A diferencia de Quandt, Flick fue sentenciado en Núremberg (…) En la actualidad, dos de los herederos de la familia (Quandt) tienen un patrimonio neto de unos 38 mil millones de dólares, controlan BMW, Mini y Rolls-Royce (…) Los patriarcas de la familia, Günther Quandt y su hijo Herbert Quandt, fueron miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (…) Tras el fin de la guerra, los Quandt fueron “desn**ificados” en un proceso jurídico (…) Junto con sus primos, los Piëch, los Porsche controlan el Grupo Volkswagen, que incluye a Audi, Bentley, Lamborghini, Seat, Skoda y Volkswagen. El patrimonio neto combinado del clan Porsche-Piëch se valúa en unos 20 mil millones de dólares”. En fin, ríos de tinta han corrido sobre esta perversa relación orgánica entre el gran capital alemán y el n**ismo.

Así pues, aunque en apariencia el n**ismo se presente sólo como ideología o una perturbación mental de sus fanáticos partidarios, como pretenden hacernos creer los frívolos y los malintencionados, esencialmente hay algo más profundo. En su esencia se ocultan los intereses, esos sí muy tangibles, del imperialismo, en este caso alemán; en el fascismo de toda laya se expresa la necesidad orgánica de expansión de los grandes capitales, atropellando para ello al mundo entero, generando caos y sembrando muerte por donde pasa. El n**ismo es la forma ideológico-política que adoptó el imperialismo alemán, con el propósito principal de combatir al comunismo, despojar de sus recursos a los pueblos débiles y enfrentarse a otras potencias imperialistas. En este caso estamos hablando específicamente de la variante n**i del siglo pasado. Sí, pero, al igual que las especies biológicas, existe el fascismo en su forma genérica, aunque con diferentes especies, como son hoy el sionismo israelita y el imperialismo estadounidense encabezado por Donald Trump, o los neon**is banderistas de Ucrania, herederos directos de Hi**er y liderados por Volodimir Zelenski junto con sus siniestros batallones Azov, Sector Derecho y otros. Todas son formas de fascismo; todas son enemigas del socialismo, de las naciones débiles y del pueblo trabajador.

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