Sakura Cats Captor
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13/07/2026
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Los que nunca tejería...
Cada tejedora tiene sus límites.
Algunas no hacen políticos, porque no quieren discusiones. Otras evitan figuras religiosas, por respeto. Hay quienes no tejen ropa, rostros reales o personajes demasiado complicados.
Eva tenía una regla distinta.
No tejía criaturas sobrenaturales.
Nada de vampiros, demonios, brujas, monstruos ni duendes.
No era por falta de habilidad. Podía reproducir casi cualquier personaje con solo mirar una fotografía. Su negativa venía de las historias que escuchaba desde niña, cuando su abuela aseguraba que ciertas figuras no debían representarse dentro de una casa.
—Una cosa es imaginar algo —decía— y otra muy distinta es darle cuerpo.
Eva nunca supo si lo decía en serio, pero respetó aquella advertencia durante años.
Hasta que recibió aquel pedido.
Una mujer quería tres pequeños gnomos tejidos, de no más de dieciocho centímetros. Cada uno debía llevar un gorro largo, zapatos de punta y una diminuta campana cosida al cinturón.
La clienta ofreció pagar casi el triple de lo habitual.
Eva rechazó el pedido.
—Lo siento, no trabajo ese tipo de personajes.
La respuesta llegó enseguida.
—No son personajes. Son una familia.
Aquella frase le produjo una incomodidad difícil de explicar.
Volvió a negarse, pero la mujer aumentó la oferta y prometió pagar todo por adelantado. La cantidad era suficiente para cubrir varios gastos atrasados.
Eva terminó aceptando.
Esa misma tarde recibió el depósito y las instrucciones. No había patrón, únicamente tres dibujos hechos a mano. Debajo de cada gnomo aparecía un nombre.
Nilo. Silas. Oren.
Comenzó con Nilo.
El primer detalle extraño ocurrió mientras tejía el gorro. Dejó las tijeras junto a su pierna, como siempre, pero cuando quiso utilizarlas ya no estaban.
Las encontró dentro del refrigerador.
Se quedó observándolas durante varios segundos, intentando recordar cuándo las había llevado hasta allí.
Al día siguiente desaparecieron sus llaves.
Las buscó durante una hora, hasta encontrarlas colgando de una rama de la planta más alta de la sala. Para colocarlas allí habría necesitado una escalera.
Eva vivía sola.
Después comenzó a escuchar risas.
Eran leves, casi infantiles, siempre provenientes de habitaciones vacías. Cuando intentaba seguirlas, el sonido cambiaba de lugar.
Del pasillo a la cocina.
De la cocina al taller.
Del taller, justo detrás de ella.
Aun así, continuó tejiendo.
Se convenció de que el cansancio estaba afectándola.
Cuando terminó a Nilo, lo dejó sentado sobre la mesa y comenzó a trabajar en Silas.
Aquella noche despertó por el sonido de una campanilla.
Una sola vez.
Abrió los ojos y escuchó algo correr por el pasillo.
No eran pasos humanos. Eran golpes pequeños y rápidos sobre la madera, como si alguien caminara con zapatos duros.
Encendió todas las luces.
No encontró nada.
Al volver al taller descubrió que Nilo ya no estaba sobre la mesa.
Apareció dentro de la alacena, sentado junto al frasco de azúcar. La tapa estaba abierta y había pequeños granos esparcidos a su alrededor.
Eva tomó al gnomo con manos temblorosas.
—Esto ya no tiene gracia.
La campanilla de su cinturón sonó suavemente.
No había viento.
No lo estaba moviendo.
Durante los días siguientes, las cosas empeoraron.
Los cajones amanecían abiertos. La leche desaparecía del refrigerador. Alguien trenzaba durante la noche los hilos que ella dejaba separados. En las paredes comenzaron a aparecer pequeñas marcas, líneas verticales trazadas con carbón, siempre en grupos de tres.
Eva escribió a la clienta.
—Han ocurrido cosas extrañas desde que comencé el pedido.
La mujer respondió:
—Es normal que se familiaricen con la casa.
Eva sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
La clienta no contestó.
Quiso abandonar el proyecto, pero cada vez que intentaba guardar los materiales sentía una necesidad insoportable de continuar. Sus manos buscaban el gancho sin que ella lo decidiera.
Terminó a Silas.
Luego a Oren.
La última noche colocó los tres gnomos sobre una repisa. Permanecían inmóviles, uno junto al otro, con sus largos gorros inclinados y las campanas colgando de sus cinturones.
Eva necesitaba saber si estaba perdiendo la razón.
Recordó una antigua recomendación de su abuela.
Antes de dormir, esparció una fina capa de harina por el suelo del taller, alrededor de la repisa y frente a la puerta. Si algo se movía durante la noche, dejaría una marca.
Cerró la habitación con llave.
A las tres de la madrugada despertó al escuchar las tres campanillas.
Una.
Después otra.
Y finalmente la tercera.
Eva se cubrió hasta la cabeza y no se levantó hasta que amaneció.
Cuando abrió el taller, los gnomos seguían sobre la repisa.
Exactamente como los había dejado.
Sintió alivio.
Entonces miró el suelo.
La harina estaba llena de pequeñas huellas.
Tres pares distintos.
Bajaban desde la repisa, cruzaban el taller y salían por debajo de la puerta, aunque esta había permanecido cerrada con llave.
Eva tomó a Nilo y presionó sus zapatos sobre la harina.
Las marcas coincidieron perfectamente.
Hizo lo mismo con Silas.
Después con Oren.
No había duda.
Las huellas pertenecían a los muñecos.
Siguió el rastro por la casa.
Pasaba por la cocina, rodeaba el refrigerador y se detenía frente al frasco de azúcar. Luego continuaba por el pasillo, entraba en su dormitorio y llegaba hasta el borde de la cama.
Allí terminaban dos de los rastros.
El tercero continuaba.
Eva lo siguió lentamente.
Las pequeñas marcas rodeaban la cama y se detenían frente al clóset. Abrió la puerta con cuidado.
Dentro no había nadie.
Solo un par de zapatos tejidos, colocados ordenadamente sobre el suelo.
Eran mucho más grandes que los de los gnomos.
Junto a ellos descansaba un trozo de papel con la misma caligrafía de los dibujos.
“Falta el padre.”
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de la clienta.
—Ya deben sentirse cómodos contigo.
Eva escribió con los dedos temblando:
—¿Quién es usted?
La respuesta tardó varios minutos.
—La última persona que aceptó tejerlos.
Eva miró nuevamente la repisa.
Los tres gnomos ya no estaban allí.
Detrás de ella sonaron las campanillas.
Una.
Dos.
Tres.
Y desde el interior del clóset, algo mucho más pesado dio un solo paso.
Desde entonces, Eva ya no acepta pedidos de criaturas sobrenaturales.
Tampoco vive en aquella casa.
Pero algunas noches recibe fotografías de su antiguo taller, enviadas desde números diferentes.
En todas aparecen los tres gnomos, sentados sobre la mesa.
Y detrás de ellos, cada vez más cerca de la cámara, se distingue la silueta de una cuarta figura.
Mucho más grande.
Esperando que alguien termine de tejerle el cuerpo.
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