Novelas Express

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romance que arde, misterios que atrapan, comedia que aligera

29/06/2026
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# # # Contrato de 30 Días | Cap 4: La cena con su familia

“Familia” dijo. Una sola palabra. Y me temblaron las rodillas.

A las 8 p.m. la camioneta paró frente a una casona en La Molina. Jardín, portón negro, seguridad. Casa de gente con apellido.

—Reglas —dijo Nicolás mientras bajábamos—. Sonríes. Me tomas del brazo. Si preguntan por el futuro, dices que vamos lento.
—¿Y si preguntan por mí?
—Dices la verdad. Diseñadora. Hija de una tapicera. No mientas. Solo... omite.

Omite que soy pobre. Omite que esto es un contrato.

Dentro olía a flores y a plata vieja. Su madre, señora elegante de unos 60, nos recibió con un abrazo que no me devolvió.

—Nicolás. Por fin traes a alguien —me escaneó de pies a cabeza—. Valeria, ¿cierto?
—Sí, señora.
—Andrea —corrigió ella—. Nicolás nunca trae chicas a casa.

Mentira. El contrato decía 30 días. Yo era la primera.

La cena fue un interrogatorio con cubiertos de plata.
—¿Dónde se conocieron? —preguntó su padre.
—En una exposición —respondió Nicolás rápido, tomándome la mano bajo la mesa—. Su trabajo me... impactó.

Impactó para insultarlo, quise decir.

Andrea no me quitaba los ojos.
—Y, Valeria, ¿qué planes tienen? ¿Matrimonio pronto?

Se me atragantó el agua.
—Vamos lento —solté, repitiendo su frase.

Nicolás apretó mi mano bajo la mesa. Una advertencia. O un “gracias”.

El postre fue peor. Su hermana menor, Camila, 19 años, se me sentó al lado.
—Me encanta tu cartera —dijo—. Es vintage, ¿no?
—Era de mi mamá —respondí antes de pensar—. La arreglé yo.

Silencio. Andrea dejó el tenedor.
—Ah. Qué... ingenioso.

Nicolás pateó mi pie por debajo. Me estaba defendiendo.

Al salir, en el auto, ninguno habló por cinco calles.
—Lo hiciste bien —dijo él al fin, mirando por la ventana.
—Tu mamá me odia.
—Mi mamá odia a todas —se giró hacia mí—. Pero hoy no te humilló. Eso es ganar.

Nos quedamos mirando. El semáforo en rojo nos regaló 10 segundos.

Su mano estaba otra vez sobre la mía. Esta vez no era por el contrato.

El semáforo cambió a verde. Él retiró la mano.
—A casa —le dijo al chofer.

FIN DEL CAPÍTULO 4

27/06/2026

el roce

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# # # Contrato de 30 Días | Cap 3: El primer roce

Las 7:00 a.m. me encontraron con ojeras y dos cafés encima.

La oficina de Duarte Constructora era puro vidrio en San Isidro. Fría. Igual que él.

—Llegaste —dijo Nicolás, sin levantar la vista de unos planos—. Siéntate. No hables a menos que te pregunte.

Clase.

La reunión era con tres arquitectos y los mismos inversionistas de anoche. Yo solo estaba ahí de adorno. La “novia”.

Treinta minutos después, uno de los arquitectos soltó:
—Señor Duarte, con todo respeto, ese diseño de fachada no resiste la humedad de Lima.

Nicolás frunció el ceño. Estaba a punto de mandarlo a callar.

Y yo... yo no pude.
—Perdón —dije, y todas las cabezas me miraron—. Pero si usan paneles de aluminio compuesto con sellado térmico, como en los edificios de la Costa Verde, sí aguanta. Yo hice mi tesis sobre eso.

Silencio.

Nicolás me miró. Lento. Por primera vez sin desprecio. Los inversionistas asintieron.
—Interesante —dijo uno.

La reunión terminó 20 minutos después. A nuestro favor.

Cuando todos salieron, me quedé parada, juntando mis cosas.
—No te dije que hablaras —su voz estaba detrás de mí, más cerca de lo normal.
—Lo sé. Pero tenías razón ellos.

Él caminó hasta la ventana. Espalda ancha. Terno perfecto.
—Gracias —dijo. Una sola palabra.

Me giré, sorprendida.
—¿Acabas de... darme las gracias, Duarte?
Él se giró también. A un metro de mí.
—No te acostumbres.

El contrato estaba sobre su escritorio. 30 días. Sin enamorarse.

—Regla número 3 —dijo él, leyendo mi mente—. Mantener distancia emocional y física.
—Sí —susurré.

Dio un paso. Yo no me moví.
Otro paso. Ahora estábamos a medio metro. Podía contar sus pestañas.

—Valeria —dijo mi nombre por primera vez sin burla—.

El aire se puso denso. Mi corazón latía en la garganta. Esto estaba mal. Esto rompía todo.

Y entonces sonó su celular. Fuerte.

Los dos dimos un paso atrás como si nos quemara.

Él contestó sin quitarme los ojos de encima.
—Duarte.

Mientras hablaba, tomó el contrato de la mesa. Lo miró. Luego me miró a mí.

Colgó.
—Vámonos. Tenemos evento esta noche. Familia.

Guardó el contrato en un cajón. Con llave.

FIN DEL CAPÍTULO 3

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# # # Contrato de 30 Días | Cap 2: Nuestra primera cita falsa

El vestido me quedaba grande.

Era de mi prima. Prestada. Seda azul marino que no combinaba con mis zapatillas, pero era lo más “elegante” que tenía.

“Día 1 del contrato”, me recordé frente al espejo, metiéndome un gancho para que no se me vea lo nerviosa.

A las 8:00 p.m. en punto, la camioneta negra de Nicolás paró frente a mi casa en Barranco. Él no bajó. El chofer abrió la puerta.

San Isidro. Restaurante Nikkei. Mesas con velas. Gente que pedía vino que costaba más que mi semana.

Él ya estaba ahí.

Terno negro. Sin corbata. El primer botón abierto. Y esa cara. Esa cara de CEO que no sonríe ni aunque le paguen.

—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista del celular.

—Son las ocho en punto —respondí, sentándome.

—Para mí, tarde.

Guardó el celular. Por fin me miró. Me escaneó de arriba a abajo. No dijo nada del vestido. Solo:

—Actúa normal. Sonríe. Están mirando.

Señaló con la barbilla. Dos hombres japoneses, trajeados, en la mesa de la esquina. Los inversionistas.

Me obligué a sonreír. Me dolieron las mejillas.

—¿Así de normal? —susurré.

—Más —él se inclinó hacia mí, como si me fuera a besar.

Me quedé helada. Olía a madera y a algo cítrico. Caro.

—El contrato dice sin contacto fuera de lo público —le recordé, con la voz más baja que pude.

—Esto es público —susurró de vuelta, y me tomó la mano sobre la mesa.

Su mano estaba caliente. Demasiado. Se me olvidó respirar.

El flash de una cámara. Los inversionistas asintieron, satisfechos.

Toda la cena fue así. Él sirviéndome vino. Yo riéndome de chistes que no tenían gracia. Nuestras rodillas chocándose “por accidente” debajo de la mesa.

Cuando salimos, Lima nos recibió con llovizna. Esa garúa fina que cala los huesos.

—El auto está allá —dijo él.

—No traje casaca.

Sin decir nada, se quitó el s**o del terno. Olía a él. Me lo puso sobre los hombros. Sus dedos rozaron mi cuello un segundo de más.

Treinta días. Sin enamorarse. Regla número uno.

Lo miré. Él me estaba mirando a mí. La lluvia nos separaba. Por un segundo, ninguno de los dos se movió.

Fue solo un segundo.

Él rompió el contacto primero.

—Vamos. Mañana a las 7 a.m. Tenemos reunión con los arquitectos.

Y se dio la vuelta. Como si nada.

Yo me quedé ahí, con su s**o pesándome más que el contrato entero.

FIN DEL CAPÍTULO 2

27/06/2026

Valeria Ríos y el CEO

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Listo, vamos con el Capítulo 1 completo en texto 📖
# # # Contrato de 30 Días | Cap 1: La Propuesta

El café se me enfrió hace rato.

Mi celular vibró sobre la mesa de madera de la cafetería de Miraflores. No hacía falta leerlo. Ya me sabía el mensaje de memoria:
“Último aviso. Embargo por deuda vencida. Plazo: 7 días.”

Siete días para perder el taller de tapicería de mi mamá. Veinte años de trabajo en Barranco, reducidos a un papel timbrado.

Estaba a punto de llorar en público cuando una sombra tapó mi mesa.

—Valeria Ríos. Qué coincidencia.

Levanté la vista y se me heló la sangre.

Nicolás Duarte.

El mismo que hace tres años, en la exposición de diseño de la UPC, agarró el micrófono y dijo: “Esto no es diseño. Es manualidad de colegio”. Frente a 200 personas. Frente a mi mamá.

Ahora llevaba un terno que costaba más que mi deuda. CEO de Duarte Constructora. San Isidro. Forbes 30 Under 30... hace dos años.

—¿Qué quieres, Duarte? —dije, cerrando mi laptop de golpe.

Él se sentó sin que lo invitara. Olía a caro y a prisa.

—Voy a ir directo. Mis inversionistas japoneses no confían en un CEO soltero. Dicen que un hombre sin familia no es estable. Necesito una pareja. Por 30 días.

Parpadeé. —¿Y me lo pides a mí?

—Porque me debes una —dejó un sobre grueso en la mesa—. 500,000 soles. Para que saldes eso que te está quitando el sueño. Y te sobra para invertir.

Abrí el sobre. Un cheque. Con mi nombre. Y muchos ceros.

La condición estaba en la hoja de abajo. Contrato de noviazgo fingido. 30 días. Sin contacto físico fuera de lo público. Sin enamorarse. Incumplimiento = multa de 2 millones.

Mi mano tembló sobre la foto que tenía en la billetera. Mi mamá, sonriendo frente a su taller con la pintura descascarada.

—Esto es absurdo —susurré.

—Esto es negocios —respondió él, frío—. Tienes 5 minutos. Después me voy y se lleva el taller el banco.

Conté hasta tres. Respiré. Y firmé.

Nicolás recogió el contrato y por primera vez me sonrió. Pero no le llegó a los ojos.

Me miró como quien ya ganó una partida que yo ni sabía que estábamos jugando.

—Bienvenida al contrato, señorita Ríos. Lo que no sabes... es que yo ya te conocía de antes.

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FIN DEL CAPÍTULO 1

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