Yulia Shtaher PMU
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Todo ya ha pasado: la conversación, la situación de tensión, el peligro. Y, aun así, las manos o las piernas siguen temblando ligeramente, como si el cuerpo todavía no hubiera entendido que ya puede relajarse.
Puede parecer que son los nervios o que simplemente estamos desbordados. Pero, en realidad, es una reacción natural del cuerpo.
Cuando sentimos una amenaza, nuestro cuerpo se prepara para reaccionar: huir, luchar o protegernos. Los músculos se tensan, el corazón se acelera y todo el organismo entra en estado de alerta.
Pero cuando la situación termina de repente y finalmente no tenemos que hacer nada, toda esa tensión puede quedarse en el cuerpo.
El temblor es una de las formas que tiene el cuerpo de liberar esa tensión.
En los animales se puede ver muy claramente: después de una situación de peligro, se sacuden o tiemblan durante unos segundos y después vuelven a la normalidad.
Nosotros, en cambio, muchas veces intentamos controlarlo. Nos da vergüenza temblar delante de los demás, así que intentamos contenernos y hacemos como si no pasara nada.
Pero el cuerpo simplemente está intentando completar su respuesta al estrés.
Por eso, temblar después de una situación de mucho estrés no significa que haya algo mal. Puede ser simplemente una forma de liberar la tensión acumulada.
No tienes que luchar contra ello ni obligarte a calmarte. A veces, simplemente dejar que el cuerpo haga su trabajo es suficiente.
Hasta cumplir un sueño…
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Suena el despertador, has dormido toda la noche y, aun así, sientes como si no hubieras descansado nada. No tienes energía, aunque en teoría has dormido suficientes horas.
En una persona sana, durante los primeros 30-40 minutos después de despertarse, los niveles de cortisol aumentan de forma natural. Solemos relacionar el cortisol con el estrés, pero por la mañana también tiene una función importante. Este aumento ayuda al cuerpo a despertarse y le da la señal: «Es hora de levantarse y empezar el día».
Cuando llevamos mucho tiempo sometidos a estrés y con el cuerpo agotado, este mecanismo puede funcionar de otra manera.
El cortisol no es una hormona «mala». Que aumente por la mañana es completamente normal. Entre otras cosas, ayuda a mantenernos despiertos, activa el metabolismo y prepara al cuerpo para empezar el día.
Cuando el cuerpo lleva demasiado tiempo bajo presión, este ritmo puede alterarse. Te despiertas, pero no aparece esa sensación de «vale, vamos a empezar el día». Te levantas ya cansada y sin energía.
Y por eso dormir puede dejar de hacerte sentir descansada. Puedes dormir suficientes horas y, aun así, levantarte por la mañana completamente agotada.
No siempre es cuestión de pereza ni de haber dormido mal. A veces el cuerpo está tan saturado que sus mecanismos naturales para regular el sueño y la vigilia ya no funcionan como antes.
Por eso descansar no siempre significa recuperar la energía de inmediato, sobre todo cuando el problema no es solo dormir poco, sino llevar demasiado tiempo con el cuerpo al límite.
Estás trabajando y, al mismo tiempo, respondiendo mensajes. De fondo tienes un podcast. Sientes que estás haciendo todo a la vez y que así aprovechas mejor el tiempo.
Pero ¿de verdad el cerebro puede hacer varias cosas al mismo tiempo? No. Lo que hace es cambiar muy rápido la atención de una cosa a otra, a veces en una fracción de segundo. No las hace al mismo tiempo, aunque nos lo parezca.
Entonces, ¿por qué tenemos la sensación de que estamos haciendo más? Por la rapidez con la que cambiamos nuestra atención. Cada vez que pasas de una cosa a otra, tu cerebro tiene que volver a recordar dónde lo habías dejado y qué estabas haciendo.
¿Y qué pasa cuando haces estos cambios constantemente durante una hora? Terminas perdiendo más tiempo y energía que si hicieras esas mismas cosas una detrás de otra, sin estar saltando continuamente de una a otra.
Por eso, un día lleno de pequeñas distracciones puede cansarte más que varias horas trabajando con concentración.
Tu cerebro no lo hace a propósito. Simplemente no puede concentrarse en varias cosas al mismo tiempo, aunque tengas la sensación de que sí.
Empiezas una frase y, de repente, a mitad de la frase, se te olvida lo que querías decir. Te pasa cada vez más, sobre todo cuando has dormido poco. Es simplemente despiste? No.
Entonces, qué está pasando? Durante el sueño funciona el sistema glinfático, algo así como un sistema de «limpieza» del cerebro que ayuda a eliminar los productos de desecho que se acumulan durante el día.
Y qué tiene que ver esto con olvidar una frase? Cuando duermes poco, el cerebro no tiene suficiente tiempo para completar este proceso. Y eso puede afectar a su capacidad para mantener la información y concentrarse en una sola idea.
Y el café no soluciona esto? No del todo. El café puede ayudarte a estar más despierta durante un rato, pero no sustituye al sueño. Los estudios sobre el sistema glinfático muestran que este proceso es especialmente activo durante el sueño profundo.
Entonces, el cerebro cansado simplemente «piensa más lento»? No exactamente. Cuando estamos cansados, nos cuesta más mantener una idea y seguir con ella hasta el final. Por eso, a veces, la mejor forma de recuperar la claridad mental es simplemente… dormir.
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La garganta es lo primero que nos viene a la cabeza cuando hablamos de emociones que nos guardamos.
Ese “nudo en la garganta”, la voz entrecortada… Nos resulta familiar. Pero no es ahí.
Wilhelm Reich, psicoanalista y discípulo de Freud, ya hablaba de esto en los años 30.
Observó que las personas que durante años reprimían lo que querían decir no solo tensaban los músculos relacionados con la voz.
También tensaban el diafragma.
Reich lo llamaba una especie de “coraza muscular”.Según él, el cuerpo acumula tensión en la zona por donde pasa nuestra respiración.
Mira lo que puede pasar en el cuerpo.El diafragma es el principal músculo de la respiración.
Cada vez que quieres decir “no”, pero al final te callas, esa emoción se queda dentro.Y la respiración deja de ser tan libre y natural como debería.
Si esto se repite durante años, el cuerpo puede acostumbrarse a vivir en tensión.Y pueden aparecer algunas señales muy conocidas.
Respiración superficial.
En lugar de respirar de forma profunda y tranquila, haces respiraciones cortas, como si algo te apretara por dentro. Puedes vivir así durante años sin darte cuenta.
Sensación de presión o peso debajo de las costillas
Todo parece estar bien, pero sigues sintiendo tensión. A veces no se trata del órgano en sí, sino de los músculos que están constantemente contraídos.
Ansiedad o inquietud sin un motivo claro
La forma en la que respiramos influye en nuestro sistema nervioso y en cómo responde nuestro cuerpo al estrés.
El cuerpo no sabe decir “no” con palabras.
Así que lo expresa a su manera: se tensa
Y esto no tiene por qué venir solo de la infancia.
También pasa de adultos.
Estás en una reunión, tu jefe te pide otra cosa más, dices “sí, claro”, aunque por dentro quieres decir “no”
Asientes con la cabeza aunque, en realidad, no te apetece.
Y tu cuerpo lo nota
Puedes pasar años hablando de tus límites en terapia. Pero entender por qué haces algo no siempre significa que tu cuerpo vaya a relajarse automáticamente
El primer paso es sencillo
Ni siquiera tienes que pensar en una situación concreta.
Haz una respiración tranquila y una exhalac
El viernes por la tarde terminas un proyecto. Y el sábado por la mañana ya tienes otro esperándote en la agenda, sin un solo día libre entre medias.
Vas dejando las vacaciones «para el próximo trimestre», por tercer año seguido. Siempre tienes un motivo. Siempre piensas: «termino este último sprint y ya descanso».
Pero a tu sistema nervioso le da igual si existe un peligro real o si simplemente tienes una lista interminable de cosas pendientes y nunca paras.
Ese «todavía no he terminado» constante mantiene a tu cuerpo en un estado de alerta leve, pero continuo, durante semanas, meses e incluso años.
Y esa tensión no está solo en tu cabeza. También se nota en el cuerpo: en los hombros ligeramente levantados, en la mandíbula apretada incluso cuando comes o en el abdomen, que no termina de relajarse ni siquiera cuando estás tumbada.
Pensar «ya descansaré cuando me vaya de vacaciones» no compensa meses enteros viviendo así.
Salir de este círculo no empieza con unas grandes vacaciones al final del año. Empieza con pequeñas pausas y momentos para desconectar durante la propia semana.
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